Tener a mi padre en casa no trajo más que beneficios económicos, salidas, cenas en restaurantes elegantes, caros regalos. Tal vez un par de risas más de las habituales, pero enojos diez veces más furiosos que los acostumbrados. Su carácter y quejas y nos pone a todas de malhumor. Aguantarlo significa para mi la felicidad de mi madre, pero ¿que clase de felicidad puede existir en la frase "vas a ir por que no quiero tener más problemas con tu padre"?
Me vi desplazada de uno de los lugares donde más cómoda me sentía en esta casa y nuestros seis gatos, mascotas que robaron nuestros corazones durante su ausencia, se encontraron de un día al otro, no solo echados de la cama de mi mamá y otros muebles, sino confinados al jardín sufriendo el calor al rayo del Sol, el frío e incluso la lluvia, recortándose también la cantidad de alimento que consumen puesto que las horas que pueden pasar dentro de la casa son escasas (recordemos que los gatos son animales que necesitan alimento constantemente). Tuvimos que modificar muchas costumbres para que él, el hombre que estuvo casi dos años lejos de esta de casa se sintiera cómodo, "para que vuelva a ser como antes". El horario de las comidas y el tipo de las mismas cambió radicalmente, los días y tiempos de limpieza son otros, el modo en que puedo vestir dentro de casa, las horas que en que puedo estar tranquila y en silencio en tal y cual habitación, las tardes de tereré con mi mamá ya casi no existen, las injusticias que ahora se comenten contra gatos que fueron criados de un modo que ahora resulta ser que "está mal" porque a él no le parece correcto que el gato pueda comer los restos de comida que ninguno de nosotros se va a comer, o que está mal que se acueste a dormir en la mesada donde puede estar fresquito.
¿No se dan cuenta que después de dos años las cosas no pueden volver a ser como antes así como si nada?
¿Nadie se da cuenta que yo estaba más feliz hace tres meses que hace tres años? No. La única que puede llegar a detectar que la razón de mi malhumor es mi padre es mi mamá. Y lo sabe. Lo supo desde el momento en que nos dijeron que volvían a estar juntos y que mi padre volvía a casa, los dijo todo cuando vio mi cara y agregó "y si no les gusta, bueno, no pueden echarlo, porque también en su hogar". Así como también sabe y se da cuenta cada una de las veces en que me muerdo la lengua para no gritarle que no él es el rey de la casa y no somos sirvientes para hacer lo que a él le salga de los cojones, o que si no le gusta que la casa no este limpia como un hospital o que los gatos estén acostados en los muebles puede irse en cualquier momento, porque no solo los gatos, sino todos en la casa estaríamos mejor sin él. Pero también sabe que no digo nada de eso por ella.
Hay momentos en los que pienso que no falta nada para cumplir 18 años y poder irme, pero con qué dinero, y lo veo: un año más de secundario, cuatro o cinco del profesorado, Dios sabe cuantos de la licenciatura, y alcanzar tal estabilidad económica para que pueda irme... Muchos años más. Si bien al terminar el profesorado puedo empezar a trabajar de lo que quiero, seguir estudiando me roba horas de trabajo. Y pienso en mis profesores que con casi 30 años y habiendo planeado lo mismo que yo aún viven con sus padres...
Demasiado tiempo.
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