26 de octubre de 2014

"Mandale un mensaje a tu papá..."

Mi padre y yo nunca fuimos unidos.Es más, creo que rozamos la categoría de "desconocidos" para el otro.
La gente siempre dice "no es que no le importes, él está trabajando todo el tiempo para darte de comer" y bla bla bla. Eso lo tengo claro, pero que trabaje no significa que no puedas hablar con tu hija aunque sea.
Él no me conoce y tampoco de muestras de querer hacerlo. No le pido que se interese en lo que digo, pero algo menos finja escucharme.
Cada cosa que intenté para acercarme siempre las evade, las posterga o las ignora. "Pa, quiero aprender a tocar la bateria.", "Pa, quiero que me enseñes a tocar la guitarra", "Pa quiero que me enseñes a tocar el teclado", "Pa, me tenés que enseñar a manejar", "Pa, quiero tocar el bajo". Y solo escuché de respuesta: "Si si, cuando vaya a clases te averiguo", "Si si, cuando vuelva de trabajar todas los noches nos sentamos y te enseño", "Si si, todos los domingos vamos a sentarnos con el teclado para que aprendas", "Si si, cuando sea verano y no ande tanta gente por la calle te enseño a manejar", y a lo del bajo, silencio. Tuvo que decirle mi vieja que quería tocar el bajo para que me tomara en serio y, cuando pensé que por fin iba a pasar, empezaron las críticas: "¿Para qué querés tocar el bajo?", "No tiene sentido", "¿A quién te querés  parecer'", "No entiendo por qué querés aprender eso". Perdoname papá, pensé que amabas la música.
Con mi  hermana la historia es diferente. La que la abuela adoraba porque era hermosa, flaquita, simpática, sabía dibujar, pintar, bordar... Para él, la artista que canta hermoso.
La separación de mis padres no ayudó tampoco, triplicó la distancia entre mi padre y yo. Me sentí libre al no tenerlo en casa. Pude bailar, cantar, gritar, llenar todo de pitura y retazos de tela, ir vestida como quería -si quería vestirme-, descalzarme, tirarme donde hiciera más frío o más calor sin importar si ese lugar no era una cama, hacer todo lo que no podía hacer antes porque a él le molestaba. Y todo era más tranquilo y me encantaba.
Ahora todos los domingos, exceptuando algún que otro día que "se sienta mal", tengo que sentarme en la misma mesa que él con mi hermana, mirando mi plato mientras escucho como hablan de canto y música como si no estuviera, esperando mi turno de contar algo que me hubiera ocurrido en la semana, para que, cuando empiece, él tome su celular y deje de oírme. Lo comprobé, puedo preguntarle tres mil veces algo mientras estoy hablando y él ni siquiera levantará la cabeza. Pero después habla con mi mamá porque está deprimido, y pasa como hoy que no almorzamos con él y ella nos pide que le mandemos un mensaje diciendo que lo extrañamos y en mi interior solo pienso en cómo voy a montar una mentira tan grande.
Debería mandarle el mensaje igual, no deja de ser el hombre que me alimenta y que me dio la vida... Pero por qué tengo yo que preocuparme por él cuando él no se preocupa por mi? El tampoco me manda un mensaje preguntándome cómo estoy, o cómo me está yendo en la escuela, a estas alturas ya no pido conversaciones profundas.
Ya... Lo pensaré un rato más y veré que hago.

20 de octubre de 2014

Deum et animam scire cupio; nihil aliud

Desde medianoche el tema rondaba por mi cabeza, una hora más tarde decidí escribir sobre esto acá. Hoy no fui al colegio, pero igualmente me desperté a las 7.00 y a las 7.40 me decidí a levantarme para poder hacerlo. Son, en este momento en que me siento y empiezo, las 8.39, y solo pienso en Sábato y su célebre frase "No se debe escribir si un tema no acosa, persigue y apasiona". Pero termino este párrafo y me bloqueo, para finalmente decidirme a empezar mi relato de forma clásica; por el principio.

Era de noche y, en vez de estar durmiendo, hablaba con mis amigas sobre religión. Tal vez un tema extraño para unas adolescentes, pero no para nosotras. Nueve mujeres de distintas edades, distintas partes del país, acentos, costumbres e incluso religiones, o creencias. Pero unidas sobre todas las cosas. La charla de esa noche me recordó por qué creo en Dios, y eso es lo que vengo a contar esta vez.
Me crié creyendo por costumbre. Padres católicos, abuela super-católica, escuela de reliogiosas... Mis compañeros de clase y yo creíamos por costumbre, como dije antes mi caso, o no creíamos, por rebelión. Nos pasamos la vida oyendo en la escuela "tenés que creer porque Dios esto y porque Dios lo otro". De niños eso convence pero uno crece y, como todo adolescente, duda, y no sabe si cree o no cree. Ahí es cuando tomamos esa postura de costumbre o rebelión. Costumbre porque es lo que escuchamos toda la vida; Rebelión por ir en contra de lo que escuchamos toda la vida. Vivíamos en ese debate. Uno que debíamos resolver a solas, pero teniendo a medio mundo que conoces encima, chapado a la antigua, diciéndote que tenés que creer en Dios, hacerlo no resulta sencillo.
Las cosas cambiaron cuando llegamos a tercer año del secundario. Nos asignaron un profesor de formación religiosa prácticamente nuevo en la escuela, muy joven y con un nuevo enfoque de la materia. Este nuevo enfoque suponía para nosotros un cambio importante en la manera de trabajar y junto con su exigencia solían desembocar en discusiones. Él y mi curso, exceptuando algunas personas, se llevaban muy mal.
Fue un día que uno de los chicos le preguntó qué haría o qué pasaría si Dios en realidad no existe, nunca sabré si quiso ponerlo a prueba o si solo quería perder tiempo. El profesor detuvo su clase, y simplemente le contesto que no le importaba, que no consideraba una pérdida de tiempo haber hecho las cosas bien aunque fuese impulsado por una mentira. Pero una de las frases que me quedó más grabada y que creo puedo incluso citarla textual fue: "Ustedes pueden creer o no, nadie lo obliga. A mi me hace bien pensar que Dios existe. Ustedes verán después si lo hacen, es cuestión de tiempo."
Nos dio libertad, ese espacio que la otra gente ocupaba. Y después de eso cada uno pensó y reflexionó. Algunos no lo oyeron y hoy siguen sin saber qué hacer, muchos otros todavía siguen pensándolo. A mi por mi parte no me tomó mucho tiempo.

Tal vez no me apegue a las costumbres y tenga un par de ideas propias y cosas que cuestionar, pero a mi me tranquiliza creer en Dios. Por algo somos y hacia algo vamos, y pensar que de ese algo del que vengo es solamente un coincidencia física y que ese algo al que voy es la nada me desespera.